
Una tarde de un mes de este año, me sorprendió la lluvia tocando timbre por San Telmo. Como tenía una espera no desesperada hasta que alguien se apiadara de mi en esa dirección, me resigné a sentarme en el huequito minúsculo que queda techado antes que comience la vereda. Desde la perspectiva que me brindaba esa privilegiada ubicación, pude imaginarme en una ciudad vacía donde yo era la única y real protagonista. Y porsupuesto, digna de la teatralidad de la función, llegó la reflexión acerca del "presente".
Retumbaron las palabras de alguien que se animó a intimarme diciendo: "no tenés que esperar nada, vos siempre estás esperando". Si, me dije internamente, racionalizando la cuestión varios días después del sermón: tengo que "dejar de esperar". Porque la espera es terriblemente engañosa, te deja soñando un futuro erronamente pensado ideal, evadiendo la responsabilidad de hacerte cargo del "ahora" y postergando una vida, en fin, por "lo que vendrá".
Negando algún escrito pasado, una creencia tristemente heredada, la conformidad de letargo, la calma de una tormenta que nunca llega, anuncio de manera rotunda: ya nada espero.







